¿Meditación u oración?
Para mí, no hay mucha diferencia.
Meditar es entrenar la mente para conectar con el flujo de la energía y permitirte estar presente. Es una práctica que te ayuda a aquietar el ruido mental —no a dejar la mente en blanco; ese es un concepto que muchas veces se repite, pero que no corresponde a la experiencia real de meditar—.
Meditar permite que los pensamientos obsesivos y rumiantes disminuyan, que bajes los niveles de ansiedad y que puedas regresar al momento presente, al ahora.
Orar es tu diálogo con Dios.
No importa cuál sea el vehículo: puede ser en tu silencio, en un rincón de tu hogar, en una iglesia o en un espacio abierto. Dios, la consciencia, la divinidad, tu ser superior… puede ser nombrado de muchas maneras y, para mí, está en cualquier lugar, especialmente en tu corazón.
Entonces, ¿por qué digo que no hay mucha diferencia entre meditar y orar?
Porque cuando meditas entras en ese flujo de energía que te permite conectar con tu ser esencial. Y es desde ese lugar, cuando te aquietas y te vacías de aquello que te pesa, que haces espacio.
Espacio para escuchar.
Espacio para sentir.
Espacio para recordar.
Y quizás es justamente ahí donde la divinidad encuentra un lugar para entrar.